15.5.09

Sobre la Bahía de Guantánamo/J.M. Coetzee



Alguien debería montar un ballet titulado ¡Guantánamo, Guantánamo! Un grupo de prisioneros, con grilletes en los tobillos, gruesos mitones de fieltro en las manos, orejeras y capuchas negras, ejecutan las danzas de los perseguidos y desesperados. A su alrededor, guardianes de uniforme verde oliva brincan con una energía y un júbilo demoníacos, con picanas eléctricas y porras en mano. Tocan a los prisioneros con las picanas, y los prisioneros saltan; los derriban al suelo y les meten la porra en el ano, y los prisioneros sufren espasmos. En un rincón, un hombre con zancos y una máscara de Donald Rumsfeld alternativamente escribe en su atril y danza eufóricas gigas.
Un día se realizará, aunque no sea yo quien lo haga. Incluso es posible que sea un éxito en Londres, Berlín y Nueva York. No tendrá absolutamente ningún efecto sobre las personas en las que se centra, a las que les tiene por completo sin cuidado lo que los espectadores del ballet piensen de ellas.

En Diario de un mal año

29.4.09

Los cerdos peligrosos usan traje/Mike Davis

Granjas Carroll, Perote Veracruz...arizona.indymedia.org/news/2009/04/74155.php


Las hordas de springbreakers regresaron este año de Cancún con un souvenir invisible, pero siniestro.

La influenza porcina mexicana, quimera genética probablemente concebida en las cloacas de algún chiquero industrial, de pronto amenaza con dar una fiebre al mundo entero. Los brotes iniciales en toda Norteamérica revelan una infección que ya se propaga a mayor velocidad que la más reciente cepa pandémica oficial, la influenza de Hong Kong de 1968.

Robando reflectores al asesino oficialmente designado, el H5N1 –que por lo demás muta con vigor–, este virus porcino es una amenaza de magnitud desconocida. Sin duda parece mucho más letal que el SARS en 2003, pero, siendo influenza, puede resultar más duradero que éste y menos proclive a volver a su cueva secreta.

Dado que las influenzas estacionales domesticadas del tipo A causan la muerte hasta a un millón de personas cada año, incluso un modesto incremento de la virulencia, en especial si se combina con alta incidencia, podría producir una carnicería semejante a la de una guerra en gran escala.

Entre tanto, una de las primeras víctimas ha sido la confortante fe, predicada durante mucho tiempo en los púlpitos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en que las pandemias pueden ser contenidas por las rápidas respuestas de las burocracias médicas, independientemente de la calidad de la salud pública local.

Desde las primeras muertes producidas por el H5N1 en Hong Kong, en 1997, la OMS, con el apoyo de la mayoría de los servicios nacionales de salud, ha promovido una estrategia centrada en identificar y aislar una cepa pandémica dentro del radio local del brote, seguida por una completa dosificación de la población con antivirales y vacunas (si las hay).

Un ejército de escépticos ha cuestionado con razón este enfoque de contrainsurgencia viral, pues sostienen que hoy día los microbios pueden viajar por el mundo (literalmente, en el caso de la gripe aviar) más aprisa de lo que los funcionarios de la OMS o locales pueden reaccionar al brote original. También apuntan al primitivo y a menudo inexistente seguimiento de la conexión entre las enfermedades humana y animal.

Pero la mitología de intervención audaz, preventiva (y barata) contra la gripe aviar ha sido invaluable para la causa de los países ricos, como Estados Unidos y Gran Bretaña, que prefieren invertir en sus propias líneas Maginot biológicas que incrementar dramáticamente la ayuda a las líneas frontales epidémicas fuera de su territorio, así como para las grandes trasnacionales farmacéuticas, que han combatido las demandas del tercer mundo por la manufactura pública y genérica de antivirales críticos, como el Tamiflu de Roche.

En todo caso, es probable que la influenza porcina muestre que la versión OMS/CDC de la preparación a una pandemia –sin una nueva y cuantiosa inversión en vigilancia, infraestructura científica y regulatoria, salud pública básica y acceso global a fármacos de vida o muerte– pertenece a la misma clase de manejo de riesgo piramidal que los derivados de AIG o los títulos de Madoff.

No es que el sistema de advertencia de pandemia haya fallado, sino que no existe, ni siquiera en Norteamérica y Estados Unidos.

Tal vez no sea sorprendente que México carezca tanto de la capacidad como de la voluntad política para dar seguimiento a la mortandad de ganado y sus impactos en la salud pública; pero la situación apenas si es mejor al norte de la frontera, donde la vigilancia es un pastiche disfuncional de jurisdicciones estatales y las trasnacionales productoras de ganado dispensan a las regulaciones de salud el mismo desprecio con que tratan a trabajadores y animales.

De manera similar, una década de advertencias urgentes de científicos en el campo no ha logrado asegurar la transferencia de tecnología avanzada de análisis viral a los países que están en la ruta directa de una probable pandemia. México cuenta con expertos de fama mundial en enfermedades, pero tuvo que mandar muestras a un laboratorio en Winnipeg (que tiene menos de 3 por ciento de la población de la ciudad de México) para identificar el genoma de la cepa. Por eso se perdió casi una semana.

Pero nadie estaba menos alerta que los legendarios controladores de enfermedades de Atlanta. Según el Washington Post, los CDC apenas se enteraron del brote seis días después de que el gobierno mexicano comenzó a imponer medidas de emergencia. De hecho, "los funcionarios de salud pública de Estados Unidos aún están en gran parte a oscuras acerca de lo que ocurre en México, dos semanas después de que se reconoció el brote".

No debería haber excusas. No se trata de un "cisne negro" batiendo las alas. La paradoja central de este pánico por la influenza porcina es que, si bien fue totalmente inesperada, también se había vaticinado con precisión.

Hace seis años, Science dedicó una nota importante (reportada por la admirable Bernice Wuethrich) para probar que, "luego de años de estabilidad, el virus de la influenza porcina norteamericana ha saltado hacia una vía rápida de evolución".

Desde que fue identificada, al principio de la gran depresión, la influencia porcina H1N1 sólo se había desviado ligeramente de su genoma original. Sin embargo, en 1998 se abrieron las puertas del infierno. Una cepa altamente patógena comenzó a diezmar la población de una granja porcina fabril en Carolina del Norte, y versiones nuevas y más virulentas comenzaron a aparecer casi cada año, entre ellas una extraña variante de H1N1 que contenía los genes internos del H3N2 (la otra influenza tipo A que circula entre humanos).

Investigadores entrevistados por Wuethrich se preocupaban de que uno de estos híbridos pudiera convertirse en influenza humana (se cree que las pandemias de 1957 y 1968 se originaron en la mezcla de virus aviar y humano en el cuerpo de cerdos) y llamaron a la creación de un sistema de vigilancia oficial sobre la influenza porcina: amonestación que, desde luego, pasó inadvertida en un Washington preparado para quemar miles de millones de dólares en fantasías de bioterrorismo mientras hacía caso omiso de peligros obvios.

Pero, ¿qué causó esta aceleración de la evolución de la influenza porcina? Probablemente lo mismo que ha favorecido la reproducción de la gripe aviar.

Desde hace mucho tiempo los virólogos creen que el sistema de agricultura intensiva del sur de China –una ecología inmensamente productiva de arroz, pescado, cerdos y aves domésticas y salvajes– es el motor principal de la mutación de la influenza, tanto la estacional como la genómica episódica. (Más raro es que se dé un salto directo de aves a cerdos y/o humanos, como ocurrió con el H5N1 en 1997.)

Sin embargo, la industrialización trasnacional de la producción ganadera ha quebrado el monopolio natural de China sobre la evolución de la influenza. Como muchos escritores han destacado, la crianza de animales ha sido transformada en décadas recientes en algo más parecido a la industria petroquímica que a la familia feliz de granjeros que presentan los libros de texto para niños.

Por ejemplo, en 1965 había 55 millones de cerdos en más de un millón de granjas de Estados Unidos; hoy existen 65 millones, concentrados en 65 mil instalaciones, la mitad de las cuales tienen más de 5 mil animales. En esencia, se trata de una transición desde los chiqueros a la antigua hacia vastos infiernos de excremento, de naturaleza sin precedente, en los cuales decenas, incluso cientos de miles de animales con sistemas inmunes debilitados se sofocan entre el calor y el estiércol e intercambian patógenos a velocidad de vértigo con sus compañeros de presidio y sus patéticas progenies.

Quien haya viajado por Tar Heel, en Carolina del Norte, o Milford, Utah –donde las subsidiarias de Smithfield Foods producen cada año más de un millón de cerdos por cabeza, así como cientos de pozas llenas de mierda tóxica–, entenderá por intuición hasta qué punto las agroindustrias han interferido con las leyes de la naturaleza.

El año pasado una distinguida comisión convocada por el Centro de Investigación Pew emitió un informe señero sobre la "producción animal en las granjas industriales", el cual subrayaba el agudo peligro de que “el continuo reciclaje de virus… en grandes manadas o rebaños incrementará las oportunidades de generación de virus novedosos, mediante mutación o eventos recombinantes, que podrían propiciar una transmisión más eficaz de humano a humano”.

La comisión también advirtió que el uso promiscuo de antibióticos en fábricas de cerdos (alternativa más barata que sistemas de drenaje o ambientes más humanos) favorecía el aumento de infecciones por estafilococo dorado resistentes a los antibióticos, y que los lixiviados de los desagües producían brotes de pesadilla de E. coli y Pfisteria (el protozoario del día del juicio, que ha matado más de mil millones de peces en los estuarios de Carolina y enfermado a docenas de pescadores).

Sin embargo, cualquier intento de mejorar esta nueva ecología patógena tendría que enfrentarse al monstruoso poder ejercido por conglomerados ganaderos como Smithfield Foods (cerdo y res) y Tyson (pollo). Los comisionados del Centro Pew, encabezados por John Carlin, ex gobernador de Kansas, reportaron obstrucción sistemática de su investigación por las corporaciones, incluso con amenazas descaradas de retener financiamiento a investigadores.

Además, se trata de una industria altamente globalizada con equivalente peso político internacional. Así como el gigante del pollo Charoen Pokphand, con sede en Bangkok, logró suprimir investigaciones sobre su papel en la propagación de la gripe aviar por toda Asia, es probable que la prevista epidemiología del brote de influenza porcina se estrelle contra el valladar corporativo de la industria del cerdo.

Esto no quiere decir que jamás se encontrará una pistola humeante. Ya hay versiones en la prensa mexicana en torno a un epicentro de influenza alrededor de una gigantesca subsidiaria de Smithfield Foods en el estado de Veracruz. Pero lo que más importa (en especial dada la amenaza constante del H5N1) es la configuración mayor: la estrategia fallida de la OMS contra la pandemia, la ulterior declinación de la salud pública mundial, el férreo control de las grandes farmacéuticas sobre los medicamentos vitales, y la catástrofe planetaria de una producción ganadera industrializada y ecológicamente desordenada.

Traducción: Jorge Anaya

Publicado en La Jornada edición electrónica del 29 de abril de 2009

23.3.09

Pequeña gran cuentacuentos

Sabina Barrios tiene 9 años y es la narradora más joven del círculo neuquino. Sus historias llegaron a la cárcel de mujeres, recitales, escuelas y más.

"Leo mucho mucho y me gusta hacerlo".

Sabina Barrios tiene nueve años y es la cuentacuentos más joven de la familia de narradores por estas latitudes. Tiene un manejo espontáneo del escenario que mamó desde la panza, claro está, ya que viene de familia de artistas: su papá es el mexicano Francisco Barrios "El Mastuerzo" de la legendaria banda de rock Botellita de Jerez, y su mamá la neuquina Julieta Tabbush, titiritera y artistas plástica del colectivo El Ojo y una de las creadoras del maravilloso "Cineamano".

Sabina dice que frente al público a veces le dan nervios, pero luego las palabras le salen automáticamente, y eso es cierto. Lleva puesta una remera larga gris arriba de la rodilla y tiene una sonrisa espléndida, encantadora. Se despertó hace sesenta segundos. Son las diez de la mañana de un lunes de vacaciones y afuera en el Bajo neuquino el termómetro no supera los treinta grados cuando Sabina se sirve la primera taza de chocolate del día. Luce algo despeinada y en estado de serenidad, pero se despabila cuando hablamos de libros. Y la pasión por la lectura se nota en su vocabulario como una suerte de niña prodigio intelectual, mezcla de narradora con escritora dotada.

"Ahora terminé el libro "La historia sin fin" y ya no tengo nada que leer; así que estoy con otro que ya había leído que se llama "Las batallas de Rosalino" de Triunfo Arciniegas, un autor colombiano. Luego tengo que ver qué voy a leer".

Sabina asegura sentirse atraída por la narrativa porque es un oficio que le permite combinar su amor por la lectura y liberar su costado más lúdico. Dice que empezó a contar historias cuando su hermana cuentacuentos montó el de la "Tía Adelaida" y que ella la escuchó tanto, tanto hasta que se lo aprendió. "Un día se lo conté a una amiga y así empecé...", dice naturalmente y sus ojos marrones se abren grandes, con la misma intensidad que pone en sus palabras. "Me gusta cuando elijo el cuento y luego empiezo a montarlo y a estudiarlo de memoria", agrega con inconfundible acento mexicano.

Sabina nació en México D.F. un 29 de marzo de 1999, pero vive en Neuquén desde marzo del 2008 cuando su mamá decidió volver al pago tras doce años de pisar suelo azteca. Ya instaladas en Neuquén, Sabina continuó sus estudios primarios en la escuela 201 y este año cursará el quinto grado con chicos de su edad que de vez en cuando le piden algún cuento. Ella los consiente sin inhibiciones.

-¿Los adultos somos el público más difícil?

-Noooo... los adolescentes. ¡El otro día conté en un secundario y estuvo muy bien!

-¿Qué contaste?

-Les conté el de la tía Adelaida, el del sapo y el del pollito que es de humor negro.

Las historias que elige Sabina son en general para chicos, aunque la selección de textos la mayoría de las veces "tienen un sentido social", como dijo su cómplice de contadas, Hugo Herrera (El Hache). Juntos compartieron la palabra en distintos escenarios como la cárcel de mujeres, recitales de rock, el ciclo "Domingos de terciopelo", la universidad, ante 500 chicos en Viedma o frente a 2.000 almas en la feria del libro de Cipolletti. "Sabina es muy respetuosa en el momento de trabajo, muy solidaria con sus compañeros, muy humilde", apuntó El Hache cuando le pregunto qué le parece la cuentacuentos más joven.

Parada en el medio de la cocina, a modo de escenario, Sabina tiene una actitud casi tímida, pero cuando comienza sus declamaciones muestra todo su carácter, juega con sus gestos y es artista al cien por cien. No le importa que su público sea sólo esta cronista y con naturalidad cuenta una historia popular mexicana cargada de humor negro. "Yo tenía un pollito amarillito, amarillito?", dice con la voz fuerte y demuestra que toda historia es una revelación y se apoya en alguien que la potencie con gestos, con miradas. Alguien con una habilidad especial o un don para despertar la imaginación. Como Sabina que, a sus nueve años, es una experta en encontrar esa variedad de climas de ficción en los que se puede colar una dosis de realidad.

Aunque no lo haga consciente Sabina tiene su propio método de trabajo que le sale naturalmente y le permite memorizar historias de hasta veinte minutos.

Lo dijo su mamá que la ve tomar nota en los márgenes de los textos y hacer un listado de acciones y de imágenes visuales, una especie de "historyboard" que le sirve como ayuda memoria. "Ella divide el cuento como por escenas, muy espontáneamente, les pone nombre a las escenas. Después estudia con esa lista", dice Julieta Tabbush de la fórmula de su hija.

-¿Qué te gusta hacer además de leer y contar?

-Escribir en la PC, también a veces juego a las cartas y hago dibujos con la compu. Bueno, y algunas veces mirar la televisión, pero como aquí no tengo televisor no lo hago. También me gusta mucho escribir: ¡ya tengo escritos dos cuentos y un poema!

Una semana después de la entrevista hubo otro encuentro con la pequeña cuentacuentos en la pista de patín del Parque Central. Sabina tiene el pelo atado con dos colas perfectas estilo "Chiquititas", lleva minifaldas y luce una cara alegre, sonriente. Con ella hay una amiga igual vestida, igual peinada, haciendo figuras y dando saltos con los patines puestos.

Sabina cuenta cómo es eso de deslizarse sobre rueditas, de ir a tomar clases de patín artístico, de ponerse polleritas cortas, etcétera etcétera, y es, sin duda, su forma distintiva: la manera de hacer "contable" hasta lo más cotidiano como puede ser levantarse, desayunar, ir a la escuela o patinar.

FLORENCIA LAZZALETTA

27.10.08

Día de muertos...

No impunidad/Beatriz Aurora


Nuestros compañeros caídos, un saludo revolucionario para los compañeros caídos el 1 de enero de 1994. Sangre que no se puede pisotear, sangre que no se puede burlar, sangres que son sagrados; y que creemos que por esa sangre están ustedes y estoy yo aquí en este templete, y gracias a mi pueblo que me concedió este templete de hablar enfrente de ustedes, de conocer estos distintos rostros de hombres, de mujeres, y veo también niños que están amenazados sus… bueno su futuro, todos nuestro futuro
Comandante Zebedeo, 2 de noviembre de 2006



El modo como solíamos percibir el paso del tiempo se ha modificado. Existe la sensación de que el tiempo transcurre más rápido y que contiene cada vez más acontecimientos. También cunde la sensación de que la mayor parte de las cuestiones importantes escapan a nuestra decisión. Lo que vivimos ahora es una suerte de “presente omnipresente”, vertiginoso, demandante, predatorio; en donde los acontecimientos se confunden entre sí, aquellos que son relevantes y los que no lo son en absoluto. El pasado y el futuro pierden como referentes; uno por amnesia y el otro porque se diluye en la catástrofe. El duelo y la muerte no son ajenos a este cambio. Lo propio de un dos de noviembre cualquiera de acuerdo a esta lógica es la repetición, es algo que sucede todos los años y que nos dispara al recuerdo de la gente que ya no está. Y aunque la fiesta de la muerte mexicana constituye un valor cultural tal vez único en el mundo; tampoco podemos eludir que en algunos casos se trata de la ritualización artificial de la muerte. Del cumplimiento de un calendario que produce y oferta emociones o sucedáneos de éstas. Lo que tal vez quede, es la problematización del sentido de recordar a los muertos. En un país como este, en donde la injusticia y la impunidad conforman una experiencia cotidiana; vale pensar en todos aquellos quienes con miras más lejanas, pensando en los más, ofrendaron el tiempo que les fue dado. Sobre todo si algunos de ellos recorrieron los mismos pasillos que ahora caminamos, si para ellos fue cancelado el tiempo del que ahora seguimos gozando. Es preciso arrancarlos del olvido, de las coyunturas; o peor aún, de su muerte como una extensión de la nota roja, como agregados del resumen de noticias del día. Que tengan un lugar.De ese modo es como se pueden tejer hilos que conduzcan a la salida del laberinto. Tejer un pasado con el presente. La salida no es visible por ahora y es por ello aún más importante no abandonar la tarea de tirar ese hilo que levantarán otros después, del mismo modo como algunos recogieron del que ahora disponemos y que son nuestras señales de ruta. Esta es una tarea que no termina y de la cuál no se desprende una promesa de futuro. Esto es lo más importante, que eso que denominamos futuro no existe sin que en él se encuentren todas las generaciones que nos precedieron. Que quepan en ese futuro.
Este es el secreto compromiso entre las generaciones y como decía Benjamin: Si hay una generación que debe saberlo, esa es la nuestra: lo que podemos esperar de los que vendrán no es que nos agradezcan por nuestras grandes acciones sino que se acuerden de nosotros, que fuimos abatidos.
Recordando, haciendo, pensando, pondremos a salvo en la memoria a nuestros compañeros muertos por la violencia de Estado, que oculta su rostro tras el velo de la impunidad, poniéndolos también a salvo de la historia que busca borrarlos y sustraerlos de ella.

Publicado en Periódico Recorrido

22.10.08

La noche de la bandera roja



En 1968 yo era estudiante de primer año en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC). En aquel entonces el director era Enrique González Casanova. Ante la creciente efervescencia política en el ámbito estudiantil, un grupo de alumnos y maestros actuaron desde un inicio en contra de que el CUEC se integrara plenamente al movimiento; entre ellos, Alfredo Joskwicz fue su voz más enérgica y elocuente. Nuestro líder, Leobardo López, discutía acaloradamente con Joskwicz (con quien, al parecer, mantenía una fuerte amistad), en el patio de la escuela.
Las cosas en el CUEC tenían que seguir su curso normal, continuar con las clases y con la filmación de los trabajos de tesis. Lo esencialmente importante, subrayaba enfáticamente Joskwicz, era mantenerse en la enseñanza y la producción del cine de autor. “¡Adelante!”, respondía Leobardo, pero lo que se desarrollaba a toda velocidad ante nuestros ojos era un acontecimiento histórico, no podíamos dejarlo pasar sin documentarlo mínimamente. La universidad era uno de sus focos principales y nosotros éramos, precisamente, su escuela de cine. Como universitarios estábamos obligados a insertarnos en el movimiento y filmarlo, retenerlo en imágenes. Dadas las condiciones, era el momento de ser documentalistas. Tomamos la escuela. El Comité de Huelga del CUEC integrante del Consejo Nacional de Huelga quedó formado así: Representante, Leobardo López; Primer Suplente, Sergio Valdés, y Segundo Suplente, León Chávez Teixeiro.
Debido al raquítico presupuesto que tenia el CUEC sólo había una cámara de cine, de manera que los que no llegamos a manejarla, haríamos foto fija. Yo tenía una cámara de 35 mm. marca Aries, con muy buen lente. Prácticamente me dediqué durante todo el movimiento a tomar fotografías, esa fue básicamente mi labor. Recogía en el CUEC cinco o seis cargas de negativos para blanco y negro y, una vez expuestos, los regresaba al laboratorio para su revelado.
De mis experiencias directas en el movimiento, la más impactante fue, tal vez, “La noche de la bandera roja”, como podríamos llamarle.
Las citas a las marchas eran a las 4 p.m. en el Bosque de Chapultepec, en el sitio del Dios Tláloc. Siempre contentos, animosos, festivos, decididos, reconociéndonos entre todas y todos como iguales, en una identidad de lucha común contra un enemigo común. ¡Por fin!, Por primera vez todos los estudiantes se unían, después de tantos años de enfrentamientos y rencillas, de caer en provocaciones de los porros.
Ya era de noche cuando la enorme y larga marcha de cientos de miles de compas se reunió en el Zócalo. Nos sentamos en el piso de la plaza para descansar y para escuchar mejor a los oradores que habían esperado a que llegara el último contingente. Ahí tenían a miles de compas que les exigían honestidad, no un rollo, sino palabras que expresaran con veracidad y coherencia el pensamiento, la acción y la emoción del movimiento. Se expresaron esa noche especialmente motivados, inspirados, radicales.
De pronto se fue la luz eléctrica de toda la plaza y alrededores, quedamos a oscuras. En la euforia y determinación se tocaron las campanas de Catedral. Y al final del mitin, en el mástil de La Plaza de la Constitución ¡se alzó una bandera roja! Querían imponer su oscuridad, formar un cuadro siniestro. Nos pusimos de pie y empuñamos antorchas encendidas. Al “Judas” Díaz Ordaz, “Gorilita, gorilón” , se le hizo flama efímera de cartón, cenizas pisoteadas y basura. En un ambiente teatral, a la luz de las antorchas, se pintó sobre la puerta y los muros de Palacio Nacional un gorilota con la mano tendida y consignas de rechazo al cinismo hipócrita del Gobierno. Tomamos la plaza en fiesta y en juegos. Cerca de la media noche muchos compañeros se habían retirado, pero el movimiento se ponía en plantón hasta recibir respuesta a la exigencia del diálogo público con el Gobierno. Se prendieron fogatas por toda la plaza. Era como estar en una escena cinematográfica de la Revolución Mexicana, como años después recordaría un amigo.
La banda estaba nerviosa, pero echándole ganas, haciendo comentarios sobre si se atreverían a reprimir de nuevo: “No, claro que no, ya sería mucho, además está lo de las Olimpiadas, la prensa internacional esta pendiente de lo que sucede”, se decía. Ingenuamente, a pesar de las represiones ya sufridas en el movimiento, incluida la toma de la UNAM, intentaban creer que “no serían capaces, no se atreverían a tanto”.
Más tarde me encontré con un amigo con el que compartía casa; llegó con dos zarapes y una guitarra. Recorríamos algunas de las hogueras que ya se habían encendido por toda la plaza, tomando fotografías, platicando con la banda y si se daba, poniéndonos a cantar un rato. Durante el mitin, con la luz de las antorchas se lograba divisar a los soldados que nos observaban desde las azoteas de Palacio Nacional. Ahora los buscábamos mirando hacia lo alto de los edificios que, con la luz de las fogatas en los ojos, aparecían más oscuros y siniestros. De esa oscuridad brotó de pronto una voz autoritaria que, tratando de aparentar civilidad y moderación, nos otorgó “benignamente” unos minutos para retirarnos de la plaza. Era pública y, paradójicamente, en la lógica de este personaje no teníamos derecho de permanecer en ella a altas horas de la noche.
Después de tanta energía gastada, ahora el personal se mostraba en general agotado y nervioso. La oscura voz sembró la duda: “Mejor retirémonos de aquí”, decían unos. La total oscuridad del Primer Cuadro dramatizaba el ambiente y parecía anunciar algo no muy dialogante. Para otros compas sólo era una amenaza para espantarnos: “No nos movamos, tenemos que resistir, sólo están tratando de atemorizarnos”.
De pronto, llegó corriendo Leobardo López cargando la cámara de cine y me dijo: “Me informaron unos compañeros que hay soldados en las calles cercanas al Zócalo. Vamos a ver, si es verdad hay que filmarlos y tomarles fotografías”. Corrimos con rumbo a Palacio Nacional, apenas atravesábamos el centro de la plaza cuando notamos, casi adivinando, que de la oscuridad de ambos costados de Palacio salían soldados. Entraban marchando en filas de 10 o 15 hombres en fondo. Portaban cascos de metal y fusiles con la bayoneta calada, que brillaban amenazantes a la luz de las flamas de la madera prendida. En el alboroto, preocupado por tomar las fotos, perdí de vista a Leobardo y a mi amigo que cargaba con los zarapes y la guitarra.
Los soldados fueron cubriendo la plaza formando un embudo, permitiendo sólo una salida de escape. Nos aventaron como a ganado, apretujándonos por la calle 5 de Mayo. Una cuadra o dos después del Zócalo me encontré nuevamente a Leobardo. Ante el alboroto y desconcierto de los compas se trepó al techo de un camión del Politécnico y pidió que tuviéramos calma, que no cayéramos en la provocación. La gente corría despavorida, dando gritos de coraje, de desesperación e impotencia; se gritaban consignas, se lloraba, se le mentaba la madre a los soldados y al pinche y puto Gobierno. También se enfrentaba a los soldados diciéndoles que eran pueblo, que se pusieran en contra de sus amos; súplicas de que no siguieran reprimiendo, que todos éramos mexicanos. Se les retaba casi golpeándoles el rostro. Al estar frente a ellos, cara a cara, advertíamos que también tenían miedo. Se veían muy nerviosos, pálidos y con los ojos de pacheco.
Más adelante entraron a la calle tanques de guerra, grandes y pesados, con un largo cañón al frente que giraban apuntando para todos lados. Eran tan grandes que se veían grotescos en el angosto espacio de la calle. “¡No mamen!, ¿Van a disparar?”, pensé. Sonaban una sirena aguda que enardecía los nervios. Sus pesadas orugas tronaban el pavimento avanzando sin miramientos, dispuestos aplastar como bichos a los que no lograran escapar.
En ciertos momentos yo también salía corriendo, aterrado y cubriendo la cámara con mi chamarra para que no me la viera algún tira; pero me detenía de pronto, avergonzado, cuestionándome, y corría de regreso hasta donde los tanques y los soldados encontrándome con compas que seguían reclamándoles. Me senté en los hombros de compañeros para hacer tomas de más altura. Detrás de las primeras filas se formaba un espacio donde estaban los fotógrafos de la prensa, oficiales del ejercito, tiras y tipos con ombligo de jefes burócratas. Por todas las calles cercanas a 5 de Mayo también se desplegaba el Ejército y la tira. Los soldados insultaban, golpeando y amenazando con sus bayonetas.
Paralelamente, aparecieron varios taxis vochos con la puerta abierta y un tira “secreto” en el asiento trasero que te invitaba a subir diciendo: “¡Vente, compañero, súbete rápido!”, “¡Vámonos de aquí!”. En la desesperada huída muchos compas se subieron. ¿A dónde se los llevaron?, quizá al Campo Militar Número 1, no se sabe. Lo mismo eran de temer las ambulancias de la Cruz Roja. ¿Cuántos quedaron abajo de algún tanque, atravesados por una bayoneta, quebrados por una bala o un culatazo? Meseros y tiras “secretos” cubrían las puertas de restaurantes, hoteles y congales en general para que ninguno de nosotros pudiera entrar. “!No, no, sácate de aquí!” Se burlaban y divertían de lo lindo con la madriza. Éramos esclavos mal portados, nos merecíamos los tanques, los culatazos, las bayonetas, los insultos, el castigo. ¡A ver si ahora sí escarmentábamos! Era ya la madrugada. En el resto de la ciudad todo parecía tranquilo, durmiendo, viendo la tele, divirtiéndose con unos tragos. Nos sentimos solos.
Poco antes de llegar a San Juan de Letrán y Avenida Juárez, un compa me aviso que unos tiras andaban preguntando por mí. La avenida Juárez estaba iluminada, con algunos turistas, como en otra película. Los vochos recorrían las calles como cucarachas... buscando. La Alameda también a oscuras. Mi amigo y yo ya teníamos rato de habernos topado nuevamente. Pequeños grupos de compas caminaban por Juárez rumbo a Reforma; nos aconsejaron seguirle por ahí. Se veía más gente en pachanga y turistas, menos desolada. Además de la cámara y los rollos con las fotos, aún cargábamos con la guitarra y los zarapes, que mi cuate nunca aflojó. “Oye, carnal, ¿traemos credencial de que venimos del Zócalo o pensarán que somos turistas?” ¡Je!, En momentos todo aparentaba estar en calma, a pesar del canto de las sirenas.
El logotipo de las Olimpiadas, un recuadro negro con la silueta de una paloma blanca al vuelo. “¡Paz!”, lucía en la parte alta de todos los aparadores de Paseo de La Reforma. Esa paloma, simbolizaba para nosotros el cinismo de los asesinos, el Poder. Cuando más tranquila se notaba la avenida, surgían chavos corriendo por las banquetas como en fila india. Separados entre ellos por unos 5 o 10 metros y sin detener su carrera, plantaban sobre las palomas blancas la huella de su mano con pintura roja. Nos hervía el pecho de gusto. Un auto estaba carbonizado. Más adelante otro ardía en llamas.
Enfilamos hacia la Santa María la Ribera, hacia la casa que compartíamos amigas y amigos. Le llamábamos “La Comunidad”. Seguían sonando las sirenas de las patrullas y las ambulancias; sobre todo hacia el Casco de Santo Tomás y la Normal. El tramo se nos hizo eterno, cada taxi era una amenaza. Llegamos de zarape y con guitarra. Veníamos de una gran fiesta con un intenso mutis. Sergio Valdés, que también era de los integrantes de “La Comunidad”, ya se encontraba dormido. Al otro día le dije a Sergio que la tira andaba tras de nosotros también, los suplentes del CNH.
Al día siguiente, me jalé para el CUEC a entregar los negativos, y ahí encontré, como siempre, firme y chambeador, a Roberto Martínez. De ahí al Zócalo para el acto de “desagravio a la bandera” que armó el Estado, obligando a asistir bajo amenaza a los chambeadores de las oficinas de Gobierno. Los compas trabajadores protestaron y mostraron su acuerdo con el movimiento. Se reprimió gacho otra vez.
El capital estaba inquieto ante la simultaneidad y similar radicalidad de los movimientos sociales que aparecían en importantes ciudades como París, Roma, Londres, Berlín, Chicago, Turín, Barcelona, Berkeley y México. Poníamos en cuestión su autoridad. El gran negocio Olímpico, con todo y su demagogia, estaba en peligro. El Gobierno no se concentró en “descabezar” al movimiento, arremetió contra todos.
Vino la impresionante Marcha del Silencio. La represión no cejó: muertos, desaparecidos, heridos, encarcelados, torturados, perseguidos. Se estaba logrando debilitar y desarticular el movimiento. Y luego la confusión, pues se corrió la voz de marchar para concentrarnos en Tlatelolco de manera inesperado y por demás extraña. ¿Quién o quiénes convocan?, ¿por qué en ese lugar escondido, más cerrado y peligroso que el Zócalo? Sócrates Campos Lemus, el representante de la ESIME (quien resultó ser un tira infiltrado), sin duda él introdujo esa propuesta (aparece como orador en dos escenas de El Grito, en el Zócalo y en Tlatelolco). La represión en Tlatelolco fue sin duda la más salvaje y terrible. Llegué a la plaza cuando los soldados la tenían rodeada y quedé con rabia y angustia, frustración e incluso vergüenza de estar afuera mientras sucedía la masacre, escuchando los gritos y disparos.
Después de que el Ejército invadió la UNAM, en las pláticas entre los compas se discutía si era necesario darle un giro a la lucha: más importancia a las brigadas en los barrios, las fábricas, los centros de trabajo. Sergio Valdés y yo ya no regresamos a estudiar. Creo que a los que participamos en El Grito se nos reconoce como “egresados” del CUEC. Los opositores al movimiento fueron premiados con puestos de jefatura en el CUEC, la UNAM y otras burocracias del cine. Luis Echeverría, agente de la CIA y principal autor intelectual de las represiones, en especial de la masacre en Tlaltelolco, se ganó la Presidencia de la República. Inmediatamente pretendió disfrazarse como de izquierda. Visitó China y también Cuba. Por medio de Televisa, Echeverría y Castro nos lanzaron desde La Habana un amistoso saludo: están sentados hombro a hombro, sonríen a la cámara y Castro se dirige directamente a “los mexicanos” y nos aconseja emocionado: “Apoyen a su Presidente!, es un gran estadista!”
Echeverría da chamba a la “disidencia intelectual”. Construye la Universidad Latinoamericana. Arma “centros de investigación”. Da inicio al “diálogo” y las alianzas con “la izquierda”, la llamada “Apertura Democrática”. Al mismo tiempo, el Poder agudizó la guerra abierta a la “mátalos callando”. El movimiento, miles de mujeres y hombres, se regó por todo el país. Se entretejió con otros movimientos clandestina y abiertamente. Proliferaron partidos y grupos políticos con muchas banderas que parecían reconocerse como una y la misma izquierda.
De todo ese conjunto se vinieron definiendo y conformando dos izquierdas. Por un lado la izquierda de Estado, que lo integra o pretende acceder a él para de ahí, “luego de controlar la economía, ir construyendo el Socialismo”. En ciertos períodos se enfrenta en dos fracciones: la pacifica y la partidaria de la violencia en caso necesario (dando la apariencia de ser dos o más izquierdas); por el otro, la izquierda anticapitalista. Ésta entiende claramente que es imposible superar las relaciones y condiciones monetarias y de valor, es decir capitalistas, sin suprimirlas.
El movimiento del 68 no obedecía a ninguna agitación o mandato político. Fue un movimiento espontáneo que logró su propia organización y dinámica, bien podemos decir, de “individuos libres y asociados”. Su Consejo Nacional de Huelga debía ser capaz de recoger y expresar su contenido, tendencia y mandato. De lo contrario dejaba de ser tal, pues no era un gusano con su cabeza al frente, sino un movimiento de miles de cuerpos, cada uno con sus manos y su cabeza, sus pies y sus tripas-corazón. Haciendo, pensando, actuando, comiendo, amando -¡odiando!- y caminando en colectivo. En esa fragua se generaron, se experimentaron, crearon e hicieron los cambios, las rupturas. Se reventaron ataduras económicas, políticas, morales, estéticas y científicas. Se cuestionó nuevamente el Capitalismo de Estado, supuesto “socialismo”, recuperando la bandera anticapitalista, no contra una u otra forma del capital, sino contra el capital en todas sus formas. En Huelga con tiempos y ritmos propios. Contra la impuesta obligación. Expropiando colectivamente los medios, para colectivamente utilizarlos en una lucha popular contra el Estado. Esta radicalidad en la lucha no es vendible.

El pasado no se queda atrás, está en nosotros.


León Chávez Teixeiro. 10 de agosto de 2008.
Artículo publicado en la Revista Palabras Pendientes para el numero especial sobre los 40 años del 68

23.9.08

El blanco del miedo

Los funerales de Oscar Panizza/George Grosz


Esta no es la primera vez, en los últimos once años se han realizado, con mayor o menor concurrencia, cuatro manifestaciones con la demanda del combate a la “inseguridad”. La movilización es una reedición de las anteriores y en particular de la de 2004. La convocatoria se realiza a partir de sucesos específicos que posibilitan un caldo primigenio mediático. Las televisoras, la mayor parte de los periódicos y las radiodifusoras colocan en el centro de la agenda la delincuencia. Aparecen en todos los medios, a todas horas, testimonios de asaltos, extorsiones y secuestros. A esto se suma la corrupción de los cuerpos policíacos y los ministerios públicos. Aunque todo esto forma parte de la cotidianidad de millones de personas, la exposición mediática refuerza la experiencia de impotencia de la población; sin embargo se trata de dos cuestiones distintas que, anudadas, ponen en funcionamiento la idea de desorden que es imprescindible para la emergencia del discurso de la “mano dura”.
A pesar de esta similitud y de que existe continuidad en la manera de plantear la demanda, el contexto del país ha cambiado sustancialmente. Recién llegado a la Presidencia de la República, Felipe Calderón lanzó una campaña de seguridad pública denominada “Limpiemos México”. Ésta tuvo como eje, el combate al crimen organizado a partir de la militarización de buena parte del país. La retórica y las promesas de guerra con que se estableció esta desafortunada estrategia, nos han situado en el periodo histórico contemporáneo más parecido a una confrontación bélica. La fragmentación de los carteles de narcotraficantes sumada a esta renovada “Cruzada” ha colocado a segmentos de la población en el centro de un fuego múltiple en el que las víctimas se cuentan por miles. En la totalidad del país se ha reconfigurado el lenguaje de la violencia, se han incorporado palabras como levantones, decapitados y ejecuciones a las conversaciones cotidianas.
Esto desde luego, trastoca cualquier noción preexistente sobre seguridad pública. El que la violencia se haya desatado de la manera en que lo ha hecho en conjunción con el discurso que se difunde en los medios de comunicación, tiende a diluir las fronteras entre la criminalidad que procede de la desigualdad creciente en el país y aquella que sólo existe a través del amparo del poder económico y de la corrupción del Estado.
El resultado de esto es la emergencia de un miedo crecientemente abstracto y difuso que no puede ser procesado socialmente y que se basa en la idea de que “nadie está a salvo”. A cambio de esto, la construcción mediática de una lucha contra la delincuencia lanzada por Felipe Calderón, hace recordar el recurso de las cifras en el mundo orwelliano de 1984. En lugar de hacer alusión a la producción de zapatos o abrigos en el mundo totalitario; nuestras sutiles telepantallas nos hablan de la detención de tropecientos delincuentes, o el decomiso de “N” cantidad de cocaína.
Así, en medio de un clima de terror, apareció el acontecimiento que daría pie a la convocatoria para la movilización. Efectivamente, Iluminemos México, el “movimiento de expresión ciudadana” que se encargó de organizar la marcha; surgió de manera expresa a raíz del hallazgo del cuerpo de Fernando Martí, hijo del empresario Alejandro Martí. El muchacho de catorce años había sido asesinado semanas antes, después de la negociación de su liberación, habiendo sido víctima de un secuestro extorsivo. Como ha ocurrido en otros casos, las características del crimen, sumado al hecho de que el rescate había sido oportunamente pagado, hicieron del acontecimiento especialmente impactante para la sociedad.
Por su parte, los otros dos referentes de este tipo de movilizaciones, México Unido Contra la Delincuencia y el Consejo Ciudadano de Seguridad Pública y Justicia Penal, tuvieron un papel más bien discreto, muy diferente al de las anteriores movilizaciones. Pensamos que esto tiene que ver con dos posibilidades que pueden estar relacionadas entre sí. Por un lado, las movilizaciones anteriores, en particular la de 2004, fueron vinculadas con sectores de la ultraderecha y en especial con la organización secreta conocida como “El Yunque”; por el otro, la efectividad de las movilizaciones y de las propias agrupaciones ciudadanas, ha sido raquítica. De modo que una hipótesis es que se haya visto necesaria la creación de una organización diferente, al menos nominalmente, para dar un renovado impulso a la demanda. De cualquier modo, al igual que en las ocasiones anteriores, la organización convocante propuso una agenda de trabajo con distintas instancias de gobierno a partir de la prueba de fuerza que constituye una marcha de este tipo. Es lo que les permite, en última instancia, ser acreedores de cierta representación ciudadana, cosa por cierto, altamente cuestionable.

De éste modo, el 30 de agosto pasado, una gran marcha de blanco llegó al Centro Histórico de la Ciudad de México que tan afanosamente, la alianza de gobiernos capitalinos con Carlos Slim les ha construido.
Para alguien que ha asistido a decenas de marchas, como el que esto escribe, la movilización resultó una experiencia sui generis. Por un lado y aunque me lo habían advertido, el componente social era impactante. No pude evitar pensar que no es común ver a tanta gente como la que estaba en la marcha, recorriendo las calles. Y creo que algunos de ellos experimentaban cosas similares al subirse al metro, en la forma de caminar, en la manera de observar y en general, en el modo de desenvolverse en una manifestación.
Por cierto, la marcha fue todo menos silenciosa. Se trataba más bien de una catarsis alentada quizá por la novedad que representa un acto de este tipo para quienes por primera vez acuden. Sobre todo porque no hay, en sentido estricto, aspectos programáticos. Tampoco hubo oradores en la plaza, tan sólo puntos de salida, llegada y un espacio por llenar.
Otro elemento es que aunque no existe una representación definida, e incluso no hay “una” vanguardia de los contingentes, las víctimas famosas de la inseguridad adoptan un papel protagónico. Sobre todo Alejandro Martí quien aunque no logra marchar por el asedio de los medios, se convierte en el demiurgo del miedo, dotando a la movilización de una consigna que se generaliza y recorre los miles de cuerpos que avanzan hacia el Zócalo: Si no pueden, renuncien¡
La valla de policías que se angosta conforme los pocos contingentes y los muchos individuos avanzan por Madero, hacen aflorar contrastes que llaman poderosamente mi atención. Porque sí, no era del todo, pero sí era, diferente el color de la piel, el cabello, la ropa, la vida de las personas.
La llegada al Zócalo desordenada, se da por diferentes calles. Aunque mucha gente simplemente se retira al llegar, para las 20:30, la plaza y sus alrededores están completamente llenos para llevar a cabo el “ritual de la unidad”: cantar el himno nacional. Apenas termina el cántico cuando la plancha comienza a despejarse. Entonces se da el duelo de gritos y consignas entre los partidarios de distintas versiones de la “mano dura”. Calderonistas y Ebradoristas se exigen entre sí las respectivas renuncias de sus paladines.
Mucho más de lo imaginado por el que esto escribe, la demanda por la pena de muerte a secuestradores y otro tipo de delitos, es amplísima en la movilización. Esto se vuelve más evidente ya con el Zócalo semivacío. Son muchos los que portan pancartas, pero son más los que contagiados por el miedo, al ser interrogados contemplan la pena capital como una necesidad.
De éste modo se inocula el miedo, poco a poco, cediendo otro más, restando a las libertades, tolerando retenes en las calles, operativos en el metro y el pesero. Haciendo normal el Estado de excepción.

Aparecido en el periódico Metate de la Facultad de Filosofía y Letras.